Fast Food

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Fast Food

Quita el hambre, pero no alimenta

El fast food quita el hambre, pero no alimenta. A corto plazo satisface; a largo plazo, engorda y empobrece el potencial.

En el entrenamiento de fútbol también existe el fast food.

Son tareas rápidas de preparar, sencillas de explicar y cómodas de controlar. Repeticiones sin contexto que mantienen a los jugadores en movimiento y generan una sensación inmediata de trabajo.

El balón circula, los jugadores pasan, controlan y conducen, la organización es limpia y el ejercicio avanza sin interrupciones.

Todo parece funcionar.

Pero conviene preguntarse:

¿Todo lo que llena una sesión realmente alimenta el aprendizaje del jugador?

La imagen de la izquierda representa una rueda de pase habitual. El recorrido está definido, los movimientos están marcados y el jugador sabe de antemano quién le va a pasar, dónde debe pasar, hacia dónde debe desplazarse y qué acción realizará después.

El jugador ejecuta, pero apenas necesita observar, interpretar, priorizar, decidir, inhibir o adaptarse a un entorno cambiante.

La acción ya está decidida antes de que aparezca.

No existe información relevante que descubrir, una ventaja que identificar, un riesgo que valorar ni un problema real del juego que resolver.

La tarea puede mejorar la ejecución del gesto, pero no necesariamente la capacidad para utilizarlo cuando el juego lo exige.

Como el fast food, produce una satisfacción inmediata. Genera muchas repeticiones, ocupa gran parte del entrenamiento y produce la impresión de que el jugador está aprendiendo. Sin embargo, cuando este tipo de tareas se convierten en la base principal del proceso formativo, sucede lo mismo que con una dieta de comida rápida; llena, pero no nutre.

Una alternativa que alimenta el aprendizaje

La tarea situada a la derecha mantiene contenidos técnicos similares a la anterior, como el pase, el control y la conducción, pero los introduce en un contexto en el que el jugador necesita observar, interpretar y decidir.

En esta propuesta; tres jugadores se relacionan mediante pases en la zona 1, mientras un defensor rojo condiciona la progresión desde la zona 2, sin poder invadirla.

Cuando recibe uno de los jugadores exteriores (6 ó 4 azul) debe observar la posición del defensor (9 rojo) y valorar si dispone de tiempo y espacio suficiente para avanzar hacia las porterías.

Si percibe que el defensor está alejado, puede aprovechar la ventaja y conducir.

La conducción ya no aparece porque forma parte de una secuencia memorizada. Aparece porque el jugador ha interpretado el entorno y ha reconocido una oportunidad para progresar.

Durante el avance, en Z3,  encontrará un segundo defensor (8 rojo) y deberá resolver una situación de 1×1, con la posibilidad de relacionarse con el compañero situado en el lado opuesto.

El pase, el control y la conducción continúan presentes, pero ahora se relacionan con el espacio, el tiempo, la posición de los adversarios, la colaboración con los compañeros, el riesgo y la intención de la acción.

La técnica deja de ser una repetición aislada y se convierte en una herramienta para resolver el juego.

Aprender a avanzar y aprender a no avanzar

La riqueza de la tarea no está únicamente en que el jugador aprenda cuándo conducir. También debe aprender cuándo no hacerlo.

Si percibe que el defensor rojo está demasiado cerca, debe valorar el riesgo de pérdida e inhibir su primera intención de progresar.

En ese momento puede conservar el balón, atraer al rival, fijarlo y jugar hacia atrás o relacionarse con el jugador impar para “regalarle” tiempo y espacio.

Aquí aparece una de las capacidades que mejor distingue a un jugador inteligente: la inhibición.

Inhibir significa frenar una respuesta disponible cuando la información del entorno indica que ya no es la más adecuada.

En fútbol, muchas pérdidas no se producen por ejecutar mal una acción, sino por no haber inhibido una acción que nunca debió iniciarse.

El jugador puede tener la intención de conducir, pero debe comprender si realmente le conviene hacerlo.Ya no actúa porque le toca, no repite porque la secuencia lo exige y no avanza porque el entrenador así lo ha decidido.

Ahora observa, interpreta, valora el riesgo y elige; a veces conduce; a veces conserva, a veces juega hacia atrás y, en ocasiones, inhibe la primera intención para crear una ventaja mejor.

El cómo, el cuándo y el porqué

La rueda de pases puede ayudar a repetir el cómo: cómo pasar, cómo controlar, cómo conducir.

Pero el juego exige mucho más.

El jugador necesita aprender:

  • cuándo utilizar cada recurso;
  • por qué utilizarlo;
  • para qué hacerlo;
  • qué riesgo asume;
  • qué alternativa existe;
  • y cuándo debe inhibir la primera respuesta.

Un jugador puede completar cientos de pases correctamente en una rueda y, sin embargo, no reconocer durante la competición cuándo debe pasar, conducir, fijar, conservar o jugar hacia atrás.

La ejecución correcta no garantiza una decisión adecuada.

Y una técnica que no responde a la información del juego pierde gran parte de su valor.

¿Y con los niños pequeños?

Algunos entrenadores justifican la utilización de las ruedas de pase afirmando que representan un primer paso necesario para trabajar con niños pequeños.

Nada más lejos de la realidad.

Desde las primeras edades debemos comenzar a construir en sus cerebros, un sistema de decodificación que permita al jugador interpretar los entornos cambiantes del juego.

Esto no significa someter al niño a tareas excesivamente complejas. Significa adaptar la dificultad de las experiencias a su edad, a su nivel de maduración y a su capacidad de comprensión, sin eliminar los elementos esenciales que dan sentido al juego.

No se trata de simplificar la tarea hasta vaciarla de información.

Se trata de diseñar situaciones accesibles en las que el niño pueda empezar a:

  • observar lo que ocurre;
  • identificar información relevante;
  • elegir entre diferentes posibilidades;
  • inhibir una respuesta cuando no resulta adecuada;
  • y ejecutar la acción seleccionada.

La observación, la decisión, la inhibición y la ejecución no deberían trabajarse como capacidades separadas ni incorporarse cuando el jugador sea mayor.

Deben estimularse de forma sistémica desde el inicio del proceso formativo.

En las primeras etapas no debemos eliminar la complejidad del juego; las decisiones deberían ser más sencillas, los espacios más claros, la oposición menos compleja y el número de alternativas más reducido. Siempre debe existir algo que observar, una información que interpretar y una respuesta que seleccionar.

De esta manera comenzamos a construir, desde edades tempranas, la base del sistema de decodificación del jugador. Una base que no ralentizará los aprendizajes posteriores.

Los acelera.

Cuanto antes aprenda el niño a relacionar lo que percibe con lo que decide y ejecuta, más preparado estará para comprender situaciones progresivamente más complejas.

No debemos preparar al jugador para decidir en el futuro.

Debemos enseñarle a decidir desde el principio.

No se trata de eliminar la técnica

No se trata de eliminar la técnica, sino de devolverle su verdadero sentido dentro del juego.

Jugar bien no consiste únicamente en ejecutar correctamente una acción. Consiste en percibir lo que ocurre, interpretar el contexto y decidir si esa acción es la más adecuada en ese momento.

A veces, la mejor decisión será avanzar. Otras veces, conservar. Y en determinados momentos, inhibir la primera intención para generar una ventaja posterior.

La técnica adquiere valor cuando responde a una necesidad del juego.

Por eso, no buscamos jugadores que únicamente sepan pasar, conducir o regatear. Buscamos jugadores capaces de comprender cuándo, por qué, para qué y cuándo utilizar cada recurso.

Antes de diseñar una tarea, quizá no deberíamos preguntarnos únicamente:

¿Qué gesto técnico quiero trabajar?

También deberíamos preguntarnos:

¿Qué tendrá que observar el jugador?
¿Qué información deberá interpretar?
¿Qué decisión tendrá que tomar?
¿Qué respuesta deberá inhibir?
¿Qué problema del juego tendrá que resolver?

El contexto es la clave. De su diseño dependerá, en gran medida, la calidad de las experiencias que vive el jugador y, con ellas, la configuración de sus conexiones neuronales.

No limitemos los cerebros.

No limitemos el potencial de nuestros jugadores.

Como entrenadores, tenemos la responsabilidad de diseñar contextos que desafíen al jugador a observar, interpretar, decidir, inhibir y actuar.

El futuro del fútbol depende de la calidad de las experiencias que les ofrecemos cada día.

El futuro del fútbol está en nuestras manos.

¿Hablamos?