Reflexión
Hace unas semanas, unas palabras de Lamine Yamal abrieron una reflexión que debería interesarnos a todos los que trabajamos en el fútbol formativo.
En una entrevista concedida a El País, publicada el 21 de junio de 2026, le preguntaron si su fútbol era el resultado de una mezcla perfecta entre calle y academia.
Su respuesta contiene una idea que debería hacernos pensar:
«En los jugadores que van saliendo ahora, el problema que veo es que con cuatro años ya se apuntan a un equipo de fútbol…»
Lamine continúa explicando cómo, desde edades muy tempranas, comenzamos a decirle al niño qué debe hacer dependiendo de la posición que ocupa.
Y contrapone esa experiencia con algo mucho más simple: jugar en la calle, donde las reglas podían reducirse a marcar dos goles para seguir jugando. Sin un adulto indicando constantemente dónde colocarse, cuándo pasar, cuándo conducir o cuál era la solución correcta. Había un problema y el jugador tenia que encontrar la manera de resolverlo.
Su reflexión abre una pregunta que quizá deberíamos hacernos todos los que diseñamos el aprendizaje de jóvenes futbolistas:
¿Estamos formando más o estamos decidiendo más por ellos?
Nunca hemos dispuesto de tantos recursos para formar futbolistas; los niños empiezan antes; los entrenadores están más preparados; tenemos mejores instalaciones; más análisis; más tecnología; más información; planificamos prácticamente cada minuto de su entrenamiento; y todo ello representa un enorme avance… Pero precisamente porque sabemos más, deberíamos hacernos una pregunta todavía más exigente:
¿Puede una estructura creada para favorecer el aprendizaje terminar eliminando algunas de las experiencias que el niño necesita para aprender?
El problema probablemente no sea que un niño entre en una academia a los cuatro años. El problema puede aparecer cuando, desde los cuatro años, empezamos también a decidir demasiado por él.
Le indicamos dónde debe colocarse; cuándo debe pasar; cuándo tiene que conducir; dónde debe moverse; qué posición debe ocupar; qué solución debería elegir… Y poco a poco corremos el riesgo de convertirlos en “marionetas” del entrenador: jugadores capaces de reproducir nuestras soluciones, pero cada vez más dependientes de información externa para resolver situaciones que deberían aprender a interpretar por sí mismos.
Reproducir una solución y construir una solución son procesos diferentes.
En la primera, la respuesta pertenece al entrenador. En la segunda, el aprendizaje empieza a pertenecer al jugador
¿De quién es el juego?
No necesitamos romantizar el fútbol de la calle. No tenía planificación, objetivos pedagógicos, entrenadores especializados ni muchas de las posibilidades que hoy ofrece una academia. Pero tenía una característica difícil de ignorar: durante muchas horas, el juego pertenecía a los niños.
Ellos decidían dónde jugar, con quién, cómo formar los equipos, cuáles eran las reglas y cómo resolver los conflictos que aparecían. Y cuando el balón comenzaba a rodar, tampoco había un adulto proporcionando continuamente las respuestas.
La academia nos permite mejorar enormemente aquel entorno. Podemos diseñar mejores experiencias, acompañar el aprendizaje, adaptar la dificultad y ayudar al jugador a comprender aquello que todavía no puede descubrir solo. El problema aparece cuando confundimos acompañar con dirigir permanentemente.
Cuanto más sabemos los entrenadores, mayor puede ser también la tentación de intervenir. Vemos una solución y queremos mostrarla. Detectamos un error y queremos corregirlo. Cada vez que proporcionamos una respuesta deberíamos preguntarnos: : ¿estamos facilitando su aprendizaje o estamos quitándole una oportunidad de descubrir por sí mismo?
Porque formar no consiste en elegir entre enseñar o dejar hacer. Consiste en saber cuándo necesita nuestra ayuda y cuándo necesita enfrentarse al problema sin ella.
Quizá esa sea una de las grandes responsabilidades del entrenador moderno: disponer de mucho conocimiento sin sentir la necesidad de utilizarlo constantemente.
A veces tendremos que explicar. Otras preguntar. Otras orientar su atención. Otras modificar el entorno. Y algunas veces tendremos que hacer algo mucho más difícil:
callar y dejar jugar.
No porque el entrenador deje de enseñar, sino porque en determinados momentos el propio juego puede proporcionar la información que el jugador necesita para aprender.
Antes de darle la respuesta, ¿estamos seguros de que no puede descubrirla por sí mismo?
Quizá entonces la pregunta no sea realmente:
¿CALLE O ACADEMIA?
No se trata de elegir.
Se trata de construir una academia capaz de aprovechar todo el conocimiento, los recursos y las posibilidades que hoy tenemos sin eliminar aquello que hacía al niño protagonista de su propio juego.
EL APRENDIZAJE DEBE PERTENECER AL JUGADOR.
Preguntas para seguir reflexionando
No significa que el entrenador deje de enseñar o pierda importancia. Al contrario. El entrenador diseña experiencias, orienta la atención, aporta información, pregunta, corrige e interviene cuando es necesario. Pero hay una parte del proceso que no puede realizar por el jugador: observar, interpretar, relacionar la información, tomar decisiones, equivocarse, reajustar y, finalmente, comprender.
Podemos crear las condiciones para que aprenda, pero no podemos aprender por él.
No significa que enseñar sea negativo ni que debamos dejar al jugador descubrirlo absolutamente todo por sí mismo. La frase pretende provocar una reflexión sobre la cantidad, el momento y la forma de nuestra intervención.
Enseñar puede empezar a limitar el aprendizaje cuando proporcionamos respuestas que el jugador estaba en condiciones de buscar, cuando anticipamos constantemente los problemas o cuando nuestra intervención genera dependencia.
La pregunta no es «¿enseñamos o no enseñamos?», sino:
¿Cuándo necesita el jugador nuestra ayuda y cuándo necesita la oportunidad de descubrir?
No necesariamente. Debemos intervenir mejor.
Una intervención no debería valorarse por cuánto habla el entrenador, sino por lo que provoca en el jugador. A veces será necesaria una explicación directa; otras, una pregunta; otras, orientar su atención; otras, modificar las condiciones de la tarea; y, en determinados momentos, simplemente permitir que continúe jugando.
El verdadero desafío pedagógico no es intervenir mucho o poco, sino reconocer qué intervención necesita ese jugador en ese momento.
No. Autonomía no significa ausencia de enseñanza.
El entrenador puede construir el problema, modificar su dificultad, proporcionar información, hacer visible aquello que el jugador todavía no percibe y acompañarlo durante el proceso. Pero acompañar no significa recorrer el camino en su lugar.
Podemos ayudarle a encontrar la respuesta sin necesidad de entregársela siempre.
Podemos hacernos una pregunta sencilla: ¿qué ocurre cuando nuestra ayuda desaparece?
Si el jugador necesita continuamente nuestra voz para colocarse, mirar, pasar, presionar o reconocer qué hacer, quizá parte de las decisiones que creemos que está tomando siguen perteneciendo al entrenador.
El aprendizaje empieza a hacerse visible cuando el jugador es progresivamente capaz de interpretar y resolver situaciones sin necesitar constantemente información externa.
No necesitamos recuperar la calle ni enfrentarla a la academia. La academia dispone de conocimiento, profesionales y recursos que permiten construir entornos de aprendizaje mucho mejores. Pero podemos preguntarnos qué experiencias ofrecía espontáneamente aquel juego: autonomía, responsabilidad, exploración, negociación, adaptación y, sobre todo, la posibilidad de jugar durante mucho tiempo sin que un adulto decidiera continuamente por el niño.
El reto no es volver a la calle.
El reto es construir una academia que conserve al jugador como protagonista.























