Di-Soñar
Capítulo 11
Hoy os ofrecemos la parte final del capítulo 11 de Di-soñar. Léelo despacio, sin prisa…que las prisas no son buenas.
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– Muchas veces deberíamos tener muy en cuenta las palabras y la opinión de las personas mayores, porque hablan con la seguridad y la experiencia que les dan los años y lo vivido —puntualizó Lamarck agradecido—. Y ahora para terminar me gustaría contaros un cuento. Se llama El bambú japonés y dice así:
Hace mucho tiempo, dos agricultores iban caminando por un mercado cuando se pararon ante el puesto de un vendedor de semillas, sorprendidos por unas semillas que nunca habían visto.
—Mercader, ¿qué semillas son estas? —le preguntó uno de ellos.
—Son semillas de bambú. Vienen de Oriente y son unas semillas muy especiales.
—¿Y por qué son tan especiales? —le preguntó uno de los agricultores al mercader.
—Si os las lleváis y las plantáis, sabréis por qué. Solo necesitan agua y abono.
Así, los agricultores, movidos por la curiosidad, compraron varias semillas de esa extraña planta llamada bambú.
Tras la vuelta a sus tierras, los agricultores plantaron esas semillas y empezaron a regarlas y a abonarlas, tal y como les había dicho el mercader.
Pasado un tiempo, las plantas no germinaban mientras que el resto de los cultivos seguían creciendo y dando frutos.
Uno de los agricultores le dijo al otro:
—Aquel viejo mercader nos engañó con las semillas. De estas semillas jamás saldrá nada. —Y decidió dejar de regar y abonarlas.
El otro decidió seguir cultivando las semillas, con lo que no pasaba un día sin regarlas ni abonarlas cuando era necesario.
Seguía pasando el tiempo y las semillas no germinaban.
Hasta que un buen día, cuando el agricultor estaba a punto de dejar de cultivarlas, se sorprendió al encontrarse con que el bambú había crecido. Y no solo eso, sino que las plantas alcanzaron una altura de 30 metros en tan solo 6 semanas.
¿Cómo era posible que el bambú hubiese tardado 7 años en germinar y en solo seis semanas hubiese alcanzado tal tamaño?
Muy sencillo: durante esos 7 años de aparente inactividad, el bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después la planta.
Si no consigues lo que anhelas, no desesperes… Quizás solo estés echando raíces y creciendo hacia abajo. (20)
—Ese es el concepto más importante, queridos niños: crecer hacia abajo, invertir tiempo y trabajo en aprender y construir unas raíces muy profundas y muy fuertes que os ayuden a soportar el peso del gran árbol que vais a ser en un futuro. Los agricultores y jardineros siempre decimos que un buen árbol requiere de una buena semilla, buena tierra con mucho abono, un clima adecuado y agua.
En el fútbol sucede lo mismo, vosotros sois la semilla que vuestros padres y entrenadores se encargarán de abonar y de regar. Durante muchos años van a hacer todo lo posible para que viváis experiencias de todo tipo que os permitan aprender y hacer raíces. Pero tanto las plantas como los niños necesitan tiempo para crecer y aprender. Ser futbolista es un largo camino y se necesita mucha paciencia y constancia por parte de todos, de los niños, de los entrenadores y de los padres.
No hay que desanimarse si no vienen los resultados. Pensad en el bambú, primero es necesario invertir mucho tiempo y trabajo para tener unas buenas raíces y después intentar alcanzar vuestros sueños.
»Muchas gracias a todos por compartir vuestro tiempo conmigo. Ha sido un placer estar con vosotros hablando de jardinería y de fútbol y acordaos siempre de esto: “Nada que merezca la pena se construye deprisa” —se despidió entre aplausos Lamarck.
—Muchas gracias, Lamarck —le dijo Juan—, ha sido una charla muy enriquecedora y útil para todos los aquí presentes. Como hemos podido ver y escuchar, en todos los trabajos hay excelentes profesionales como Lamarck y Beltrán. Sus conocimientos y puntos de vista diferentes pueden ayudarnos a enriquecer y mejorar el proceso de aprendizaje en el que todos estamos inmersos. Ahora los niños y niñas se irán al campo con sus entrenadores a seguir creciendo hacia abajo y haciendo raíces para que en un futuro puedan llegar muy alto.
Un nuevo aplauso los acompañó mientras salían del auditorio y se dirigían al terreno de juego. Despiertos y sonrientes se fueron con su entrenador, sin ruido y sin prisas como dijo Fito & Fitipaldis: «Él camina despacito que las prisas no son buenas…».
Crecer hacia abajo
La pedagogía de lo invisible
Vivimos en una cultura obsesionada con la inmediatez: resultados rápidos, rendimiento urgente y éxito visible. Queremos ver brotes antes de que existan raíces. Pero educar no es acelerar procesos. Educar es acompañarlos con paciencia, exigencia y sentido.
Un crecimiento rápido sin estructura interna puede generar ansiedad por el resultado, dependencia de la validación externa y fragilidad ante la primera dificultad.
Lamarck lo expresa con una frase sencilla y profunda:
“Ese es el concepto más importante, queridos niños: crecer hacia abajo”.
Esta idea cambia por completo nuestra forma de entender el aprendizaje. Normalmente asociamos crecer con subir, avanzar, destacar, ganar o ser reconocido. Pensamos que crecer es aquello que se ve.
Pero el bambú nos recuerda lo contrario: el crecimiento más importante ocurre antes de que aparezca cualquier resultado visible.
El cuento lo muestra con claridad. Los agricultores plantan las semillas, las riegan y las abonan, pero “las plantas no germinaban”. Mientras otros cultivos crecían y daban frutos, el bambú no ofrecía ninguna señal externa de progreso.
Y ahí aparece la gran dificultad educativa: seguir creyendo cuando todavía no se ve nada.
Uno de los agricultores abandona porque interpreta la ausencia de resultados como ausencia de aprendizaje. El otro, en cambio, continúa. El texto dice que “no pasaba un día sin regarlas ni abonarlas cuando era necesario”.
Esa es la verdadera paciencia pedagógica: no esperar pasivamente, sino seguir trabajando aunque la recompensa todavía no haya aparecido.
Durante esos años de aparente inactividad, el bambú estaba generando “un complejo sistema de raíces” que le permitiría sostener el crecimiento posterior.
El bambú no estaba parado, estaba construyendo estructura.
Esa es la gran lección: no todo lo que se retrasa está fallando, a veces, simplemente se está preparando.
En fútbol, crecer hacia abajo significa construir una estructura interna —un sinaptoma— que permanece invisible a los ojos. Es el trabajo silencioso que no se ve desde fuera, pero que sostiene todo lo que el jugador llegará a ser.
Crecer hacia abajo es ir cada día a entrenar para aprender a entender el juego, observar mejor, decidir con más criterio, equivocarse y aprender del error. Es desarrollar la capacidad de tolerar la frustración, superar adversidades, construir disciplina, ganar confianza y avanzar hacia una mayor autonomía.
Lamarck lo resume con otra frase fundamental:
“Las plantas y los niños necesitan tiempo para crecer y aprender”.
Esta frase debería estar escrita en la entrada de todas las academias de fútbol.
El aprendizaje no debería obedecer a las prisas del adulto, sino al tiempo interno del niño. Cada jugador madura a un ritmo diferente, interpreta el juego desde una experiencia distinta y construye sus raíces de manera única.
Una academia no debería ser un lugar donde se exige crecer rápido, sino un entorno donde se aprende a crecer bien. No se trata de acelerar etapas, sino de respetar los procesos formativos que permiten que el jugador desarrolle una base sólida.
Cuando olvidamos esto, empezamos a pedir frutos antes de que existan raíces. Comparamos demasiado pronto, etiquetamos demasiado rápido y confundimos rendimiento inmediato con verdadero potencial.
El agricultor que deja de regar representa esa mirada impaciente del adulto que necesita resultados inmediatos para seguir creyendo. Si no ve brotes, concluye que no hay aprendizaje. Si no ve éxito, concluye que el proceso no funciona.
Pero muchos procesos formativos no se rompen por falta de talento, sino por falta de tiempo. El bambú no crece tarde. Crece cuando está preparado para sostener su altura. Por eso, como entrenadores y formadores, debemos cambiar el foco del resultado al proceso. La paciencia en fútbol no es esperar: es trabajar sin garantía.
Necesitamos invertir ahora para recoger más adelante. Aceptar que existen esfuerzos diarios e invisibles que no siempre aparecen en el marcador, pero que son imprescindibles para construir una base sólida.
Lamarck se despide con una frase que no es solo motivacional; es ética pedagógica:
“Nada que merezca la pena se construye deprisa”.
Esa frase devuelve a padres, entrenadores y niños al lugar correcto: el proceso.
Porque en educación y en fútbol, el objetivo no es llegar rápido, el objetivo es llegar preparado y antes de crecer hacia arriba, hay que aprender a crecer hacia abajo.























