Di-Soñar

Tabla de contenidos

Introducción

Hoy hablamos de Di-soñar.

Di-soñar es un libro de educación y metodología disfrazada que se esconde en los diálogos entre unos padres y su hijo, en sus reflexiones y en más de treinta relatos cargados de metáforas y aprendizajes.

Di-soñar consiste en “ayudar a los demás a conseguir sus sueños mientras intentamos alcanzar los nuestros”. Y eso es, en el fondo, lo que tratamos de hacer en nuestro día a día, en el trabajo y en nuestro entorno. Estoy seguro de que muchos de vosotros también sois ejemplo de ello.

Es un libro sencillo.

Pero a veces son precisamente las ideas más simples —cuando las envuelves de emociones— las que tienen mayor capacidad de provocar cambios.

Solo escribí el libro que me hubiera gustado leer.

Escribir es una manera diferente de ofrecer algo, sin saber a quién llegará ni qué despertará en quien lo reciba. Quizá esa sea la verdadera razón por la que escribimos.

Con esa incertidumbre y también con esa ilusión, desde Smartfootball queremos abrir Di-soñar por su primera página y compartir contigo el Capítulo 1 completo.

Es breve —apenas un folio—, pero en él ya está contenida la raíz de todo lo que vendrá después: una manera de entender la educación, los valores, la infancia y los sueños.

Esta es solo una primera reflexión sobre una pequeña parte del libro. En las próximas semanas iremos compartiendo nuevas miradas, fragmentos y reflexiones que aparecerán de manera periódica en este blog.

Te invitamos a leerlo despacio.

Sin prisa.

Contraportada

“Los niños no deberían dejar nunca de soñar y nosotros, como padres y educadores, debemos ayudarlos para que sean felices mientras intentan conseguir sus sueños. Esta es la historia de un niño llamado Álex, que, como tantos y tantos niños y niñas de todo el mundo, tenía un sueño: ser futbolista. Es un cuento lleno de cuentos, reflexiones, aprendizajes, ciencia, educación, valores y optimismo dirigido a los niños, a los padres, a los técnicos y, cómo no, a los abuelos, que son parte imprescindible en la educación de nuestros hijos. Es también una historia de fútbol, donde todos nos sentiremos reflejados en cada una de las experiencias que Álex y su entorno vivirán en este largo y a su vez apasionante camino que todos los niños y niñas deben recorrer para convertirse algún día en buenos futbolistas y buenas personas”.

Capítulo 1 · El primer lugar

Era tarde y como cada día volvía a casa después de una jornada interminable, cansado y con la cabeza llena de preocupaciones. Necesitaba urgentemente mi dosis diaria de «familia», ser solamente padre y olvidarme, aunque solo fuera por unas horas, del trabajo. Sabía que detrás de la puerta me esperaban mi esposa y mi hijo Álex con una sonrisa y unas ganas infinitas de verme, abrazarme y contarme cosas.

Hola Álex, ¿qué tal todo?, ¿cómo te ha ido el colegio?, ¿qué has aprendido hoy?, ¿te lo has pasado bien?, cuéntame algo que te haya hecho reír, ¿has ayudado a alguien?, ¿cómo ha ido el entrenamiento de fútbol?… Eran preguntas habituales para iniciar nuestra reflexión diaria y respondían a un pacto que «firmamos» los tres: «Cada día dedicaremos un tiempo para hablar y escucharnos». Escuchar… esa palabra tan sencilla pero a su vez tan compleja. Escuchar significa algo más que oír, significa prestar atención e incluye miradas, empatía, cercanía y silencios.

En la actualidad, inconscientemente nos estamos conformando con oír a nuestros hijos en vez de escucharlos. Se altera el orden de prioridades y sin darnos cuenta, nuestra relación con ellos se deteriora y consecuentemente se atenúa su educación. Estamos físicamente con ellos, pero nuestros pensamientos están en otra parte. Una mutación relacional entre padres e hijos muy preocupante que debemos revertir a toda costa.

Decía el filósofo griego Zenón de Citio que nos dieron dos orejas y una sola boca para que escucháramos más y habláramos menos. Hagamos, pues, que nuestros hijos se sientan atendidos. Disfrutemos de su pureza e inocencia ahora que son pequeños, porque el tiempo que les dedicamos a hablar y a escucharlos de manera activa es, sin ninguna duda, el mejor regalo que les podemos hacer a ellos y el mejor regalo que podemos hacernos a nosotros.

Nunca volvimos a ser los mismos. Vivir en otro país, lejos de tu casa, con otro idioma y otra cultura, te permite revisar y replantear el orden de las cosas que realmente importan. Y la familia, hablar, escuchar, compartir y regalarnos tiempo ocuparían siempre el primer lugar.

Reflexiones

El título del primer capítulo está repleto de significado. En un mundo que nos empuja constantemente a escalar posiciones —mejor trabajo, más reconocimiento, más resultados— el capítulo plantea una pregunta esencial:

¿qué ocupa realmente el primer lugar en nuestra vida?

Por eso este capítulo abre el libro: porque antes de hablar de sueños, fútbol, esfuerzo o metas, era necesario recordar lo verdaderamente importante.

No se puede enseñar a un niño a perseguir sus sueños si antes no le hemos dado un lugar seguro desde el que soñar. Solo cuando un niño se siente valorado y acompañado puede atreverse a hacerlo con confianza y perseverancia.

“El primer lugar” es la familia.
Es la escucha.
Es la presencia.
Es el tiempo compartido.

El capítulo se inicia con una escena íntima y universal: un padre que regresa a casa agotado de una jornada interminable. No es solo el cansancio físico; es la carga mental del adulto contemporáneo.

La frase “Necesitaba urgentemente mi dosis diaria de familia funciona como un bisturí emocional: la familia no es un complemento, sino un antídoto. La palabra dosis asocia la familia con un tratamiento curativo, algo que repara por dentro. Aquí no hay idealización, sino reconocimiento de fragilidad. El narrador necesita desconectar del ruido del mundo y volver a lo esencial.

“Ser solamente padre…”

La palabra “solamente” es muy poderosa. Y no significa “menos”, significa “plenamente”. En esa expresión hay una renuncia consciente a otros roles: profesional, responsable, preocupado. No es dejar de ser lo demás. Es elegir qué versión de uno mismo quiere estar presente en ese momento.

Educar exige presencia y la presencia no se divide.

“y olvidarme aunque solo fuera por unas horas, del trabajo”.

Aquí aparece el tiempo. No habla de una desconexión definitiva, sino de un paréntesis. El trabajo no desaparece. Las responsabilidades siguen ahí. Pero durante unas horas, el orden cambia.

La puerta se convierte entonces en umbral simbólico. De un lado, el trabajo, la responsabilidad, la presión. Del otro, el hogar: un espacio de amor, pertenencia y descanso emocional.

“Sabía que detrás de la puerta me esperaban mi esposa y mi hijo Álex con una sonrisa”.

El gesto de recibirlo no es un simple recurso narrativo: es pedagogía emocional en su forma más pura. Antes de que exista diálogo, el niño habla con el cuerpo: corre hacia él, lo abraza, lo mira. Y el padre comprende, sin necesidad de palabras, que en esos movimientos late un mensaje imposible de pronunciar pero inequívoco: “te estábamos esperando”.

El diálogo inicial no es trivial: “¿qué tal todo?, ¿cómo te ha ido el colegio?, ¿qué has aprendido hoy?”.

Esta secuencia forma un ritual, un ejercicio diario que enseña a pensar, a recordar y a darle palabras a las vivencias. Preguntar no es inspeccionar, sino acompañar. El padre no interroga por notas ni resultados: pregunta por experiencias, emociones, impactos.

Ese momento condensa el primer gran aprendizaje del capítulo:

Educar no solo es hablar.
Educar es también crear un espacio donde el niño pueda hablar y sentirse feliz.

La escena cobra aún más fuerza cuando la familia firma un pacto: dedicar un tiempo todos los días a hablar y escucharse. Ese “firmamos los tres” convierte la comunicación en compromiso de vida. No hay jerarquías: padre, madre e hijo son iguales frente a la palabra. La educación deja de ser vertical —de padres a hijos— para ser circular —entre todos—.

En muchos hogares, la educación se reduce a instrucción: “haz esto”, “no digas aquello”. Aquí ocurre lo contrario: la educación nace de la escucha. El autor nos recuerda que los niños no necesitan respuestas adultas; necesitan adultos que les permitan formular sus propias preguntas.

La palabra escuchar se convierte en la columna vertebral del capítulo. No se define de forma abstracta, sino emocional: escuchar es atención, mirada, gestos… y también silencio. En una época dominada por notificaciones, prisas y multitarea, el capítulo denuncia un fenómeno casi imperceptible pero devastador: la presencia ausente.

“Estamos físicamente con ellos, pero nuestros pensamientos están en otra parte”.

Aquí aparece una de las metáforas más potentes del libro: la mutación relacional. El vínculo padre o madre–hijo se transforma en una convivencia paralela donde se comparte espacio pero no vida. Como un jugador que está en el campo, pero juega para sí mismo y no para el equipo.

El capítulo no juzga. Señala. Los padres no son culpables; son víctimas de un mundo acelerado. Pero la solución existe: recuperar el orden de prioridades.

La cita de Zenón de Citio llega como un golpe suave: dos orejas y una boca para escuchar más y hablar menos. La pedagogía no se inventa; se recuerda. La filosofía estoica coloca la escucha como valor cardinal. El autor la introduce para conectar épocas: educar no pertenece a una moda ni a un siglo concreto, es una tarea humana permanente.

“Disfrutar de su pureza e inocencia ahora que son pequeños” no es una frase bonita; es una responsabilidad consciente.

Por eso, “el tiempo que les dedicamos a hablar y a escucharlos de manera activa es, sin ninguna duda, el mejor regalo que podemos hacerles”.

¿Por qué?

Porque cuando un niño se siente escuchado: fortalece su autoestima, desarrolla seguridad emocional y construye una base sólida desde la que enfrentarse al mundo.

Pero también es el mejor regalo para nosotros.

Porque cuando escuchamos de verdad: dejamos de vivir en automático, nos obligamos a frenar, recuperamos el presente y volvemos a conectar con lo esencial.

El tiempo compartido no se mide en cantidad, sino en presencia. Unos minutos de atención auténtica valen más que horas de convivencia distraída. Y esos minutos, acumulados día tras día, construyen memoria, vínculo y confianza.

La infancia no necesita grandes discursos ni promesas futuras. Necesita adultos que estén. Que miren. Que escuchen.

Ese es el regalo.

Un regalo que no se envuelve, no se compra y no se recupera si se pierde.

Un regalo que educa al niño… y reeduca al adulto.

“Nunca volvimos a ser los mismos”.

La infancia pasa. Las etapas se suceden. Lo que hoy parece cotidiano, mañana será un recuerdo.

Vivir lejos, cambiar de entorno, alterar rutinas… a veces la vida nos obliga a detenernos y mirar con perspectiva. Y cuando miramos con distancia, comprendemos algo que siempre estuvo ahí: el tiempo no se detiene.

Los hijos crecen. Las oportunidades de escucharles, de recibir abrazos, de compartir ciertas confidencias… no se repetirán. El paso del tiempo es inexorable. Pero la manera en que ordenamos nuestras prioridades es una elección.

Por eso el capítulo termina como empezó: recordándonos qué debe ocupar el centro.

La familia.
Hablar.
Escuchar.
Compartir.

Regalarnos tiempo.

No solo mientras son pequeños. No solo cuando las circunstancias lo permiten.

Siempre.

Porque “El primer lugar” no es una etapa.

Es una decisión. Una manera de entender la vida.

Y de vivirla antes de que el tiempo avance… sin pedir permiso.

Para seguir Di-soñando.

El Capítulo 1 es solo el comienzo.

El libro continúa con más de treinta relatos que amplían esta mirada sobre la infancia, la educación y la manera de acompañar sus sueños.

Si este primer capítulo ha conectado contigo, si ha despertado un recuerdo, una emoción o una pregunta, quizá el resto del libro tenga algo que decirte.

Di-soñar está disponible a través de nuestra web.

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